La confusión entre cambio climático y contaminación atmosférica asoma también en la crisis del Covid-19

Fuente: INFOLIBRE

El último episodio de confusión ha estado provocado por el impacto del nuevo coronavirus en China, donde han descendido un 25% las emisiones de dióxido de carbono. El equívoco entre ambos fenómenos es común no solo en la calle, también en instituciones, medios, empresas o incluso proyectos de ley. Las soluciones: más y mejor educación y divulgación ambiental.

El medio ambiente es algo complejo. Se entrecruzan continuamente muchísimos factores. Se relaciona directamente con ámbitos como la política, la economía, la sociología, la psicología… complicándolo todo aún más. Algunos problemas son a muy largo plazo, no se ven a simple vista, no se perciben con los sentidos y es necesario confiar y aplicar el método científico para detectarlos y combatirlos. Se utilizan conceptos que no se suelen aplicar a nuestra vida diaria: presupuesto de carbono, mercado de emisiones, CO2, NOx, microplásticos, materias primas secundarias, greenwashing… En la lucha para clarificar el enredo y hacer accesible el debate medioambiental están educadores, periodistas y comunicadores, divulgadores o científicos. Y una de las batallas que libran es la de diferenciar entre cambio climático y contaminación atmosférica: dos fenómenos que comparten algunas de las causas –vinculadas al alto ritmo de consumo de combustibles fósiles de las sociedades industrializadas– pero que se diferencian en los agentes que lo provocan, sus efectos y consecuencias, su alcance y las maneras de afrontarlo. Por lo tanto, mezclar ambos problemas provoca una confusión que, a juicio de los expertos, puede perjudicar a los que intentan combatirlos.

El último episodio de confusión ha estado provocado por el impacto del nuevo coronavirus en China, donde han descendido un 25% las emisiones de dióxido de carbono (CO2), un gas no tóxico que provoca el cambio climático, así como las emisiones de NO2 (dióxido de nitrógeno), que contaminan el aire y perjudican a la salud y cuya retirada ha sido visible desde el espacio, gracias a los satélites. El error, afortunadamente, no ha sido común en la gran mayoría de medios, pero en redes sociales se ha aludido a la “contaminación” en referencia al CO2 e incluso se ha llegado a calcular el número de muertes por polución que ha evitado la epidemia en referencia a la reducción del 25% del dióxido de carbono, lo que no tiene sentido porque se trata del gas que expiramos al respirar. Son gases, pero no son los mismos gases: y los fenómenos tienen muchas más diferencias que semejanzas.

El cambio climático antropogénico, la mayor amenaza ambiental a la que se enfrenta la Humanidad, es una modificación sin precedentes –por su rapidez e intensidad– del sistema climático de la Tierra provocado por la acumulación excesiva de Gases de Efecto Invernadero (GEI), como el citado CO2 o el metano, que absorben y emiten radiación y que suben las temperaturas medias del planeta, desencadenando otros múltiples efectos. El fenómeno se conocía antes como calentamiento global, pero está en desuso ya que deja fuera todas las consecuencias más allá de la subida del mercurio: el aumento en la frecuencia y la intensidad de tormentas, temporales, huracanes, sequías, olas de calor y de frío, el acortamiento de las estaciones intermedias, el descenso de las precipitaciones, etcétera. En una biosfera con elementos tan íntimamente contactos, y con una sociedad tan dependiente de la naturaleza –aunque a veces parezca lo contrario–, pequeños cambios desencadenan graves modificaciones en el statu quo de la naturaleza y en nuestro modo de vida.

El cambio climático, convertido en crisis climática ante la inacción de gobiernos, empresas y ciudadanos, comparte con la contaminación atmosférica algunas de las causas. Determinadas instalaciones de generación de electricidad, como las que funcionan con carbón, y el transporte –coches, motos, camiones, barcos, aviones– emiten tanto CO2 como contaminantes como óxidos de nitrógeno (NOx) o partículas en suspensión. Pero no son lo mismo, aunque tengan relación. La mala calidad del aire se concentra sobre todo en entornos urbanos, donde el tráfico rodado es intenso y algunos tipos anticuados de calefacción ponen de su parte. La polución es responsable de la famosa “boina” marrón en los peores días de las grandes ciudades españolas, y tiene una grave incidencia en el sistema cardiovascular y en el respiratorio de los ciudadanos. Si bien el CO2 no es un gas tóxico, el dióxido de nitrógeno, el dióxido de azufre (SO2) o las partículas matan, aumentando la gravedad y la frecuencia de accidentes cardiovasculares, asma y otras afecciones pulmonares (cáncer de pulmón, neumonía) o incluso la depresión.

Julio Díaz, investigador del Instituto de Salud Carlos III y uno de los mayores referentes del país en cuanto al impacto de la baja calidad del aire, lamenta la permanente confusión, que atribuye a la “ignorancia”. “Hay incluso instituciones y leyes que fomentan el error”, explica, hablando de “contaminación” cuando se refieren al CO2 –un término muy discutido en este sentido, ya que si bien es un gas que en exceso perjudica y mucho, no es tóxico y pertenece al ciclo natural de la Tierra–. Sin embargo, ambos fenómenos sí que tienen relación, y es necesario explicarla y clarificarla aunque pueda contribuir al lío. Los motores de combustión, por ejemplo, contribuyen tanto al cambio climático como a la baja calidad del aire, emitiendo tanto dióxido de carbono como NOx, SO2 y partículas. En líneas generales, los diésel agravan más el calentamiento global que la contaminación atmosférica, y los de gasolina al revés. Por lo tanto, las medidas que busquen limitar el dominio del coche en los núcleos urbanos –instaurando zonas de bajas emisiones, gravámenes, restricciones de aparcamiento y de circulación, así como fomentando el transporte público, la bicicleta y la movilidad compartida– ayudan a afrontar ambos problemas.

Además, Díaz explica que “está demostrado que los fenómenos anticiclónicos son más largos y frecuentes en un contexto de cambio climático”, por lo habrá días en los que apenas sopla el viento y luce el sol, ayudando a que la contaminación atmosférica no se disipe y la boina se quede intacta. Además, el departamento que dirige Díaz junto a la reputada científica Cristina Linares (parte de los investigadores seleccionados por Naciones Unidas para el IPCC), además de ser referencia en contextos de cambio climático, estudia en profundidad cómo influye el cambio climático directamente en la salud: las olas de calor, por ejemplo, más graves por el combustible del calentamiento global, se llevan cada verano por delante la vida de muchas personas. Generalmente personas mayores, más en riesgo de sufrir golpes de calor o deshidrataciones, o trabajadores expuestos en las horas centrales del día. Los fenómenos complejos no afectan a todos por igual, y de ahí las reivindicaciones de justicia climática y ambiental.

El educador ambiental, Jesús de la Osa, es testigo a diario en su trabajo de esta confusión, y señala específicamente a las empresas que, con el objetivo de promocionar sus esfuerzos en materia medioambiental, contribuyen a la confusión. Por ejemplo: la campaña publicitaria de Ecoembes titulada “Piensa con los pulmones”, que llama a reciclar los plásticos asegurando que eso mejora “la calidad del aire”, cuando utiliza los datos de las emisiones de CO2 para realizar el cálculo. Los spots no han sido retirados a pesar del error. El presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, aseguró hace unas semanas que “el cambio climático no son sólo los ositos polares, sino el enfisema de nuestros hijos”.

“Hay veces que podemos inducir a mezclarlo en comunicaciones rápidas donde hablamos del cambio climático y de contaminación seguidos, sin pararnos a explicar las diferencias”, explica De la Osa. Afortunadamente, explica, en los programas tanto de educación formal como de no formal en los que participa ambos fenómenos suelen ir separados y los educadores ambientales, por lo general, son conscientes de que la confusión es común entre el público. “Si existe, enseguida se aborda y enseguida lo entienden”, asegura. La educación ambiental reivindica desde hace años que sin una apuesta pública e institucional por ella, tanto dentro como fuera del currículo escolar, es difícil construir una ciudadanía crítica, que cambie sus hábitos de vida, que exija más y mejor acción contra los problemas ambientales complejos y que no mezcle los conceptos a la hora de proponer y defender soluciones.